Tenía una idea general y nociones específicas. Hablaba un poco del lenguaje del cuerpo y entendía el atlas de su geografía.
Pero no conocía el tuyo. No conocía tu idioma ni tú el mío, y nos hablábamos con señas extrañas que ninguno comprendía. Y explorábamos como novatos en tierras vírgenes.
Y lejos de seducirnos, fracasamos. Y lejos de esforzarnos, presionamos. Y lo que vivimos vivía a kilómetros de lo que imaginamos.
Y nos quedamos desarmados, sin más remedio que aceptar que la cama es un universo misterioso en el que no todos los cuerpos se conjugan bien.
Y dejamos la cama vacía y la llenamos con palabras. Hasta que lo comprendimos: la amistad es un tesoro inmesurable.
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