No tengo yo nada especial. No poseo una belleza particular que me distinga entre la multitud. No camino atrayendo miradas. No tengo un nombre que se quede en la memoria. No habito los sueños de ningún despistado.
Tengo más recuerdos olvidados que amigos cercanos. Paso desapercibida fácilmente. Nadie me ha extrañado nunca. Ningún corazón me ha amado con locura. No conozco la experiencia de temerle al loco obsesionado. Nadie ha preguntado jamás por mí. Nunca en la calle me han detenido para saber mi nombre. Ningún cuerpo ha reclamado entre sueños el mío. No tengo ningún temple especial. No hay nada en mí que me haga imprescindible; de hecho, sería en mis contextos, uno de los más prescindibles.
Mi tristeza, por si fuera poco, la comparto además con mi generación: todos nos sentimos olvidados. Todos reclamamos un lugar; todos queremos paz.
Tampoco me atrevería a decir que he hecho nada memorable. Ninguna mente me cuenta en sus paisajes favoritos.
No logré obtdo universitario. No triunfé en los negocios. No amasé una fortuna.
No amé intensamente. No supe conjugar el placer con el amar. No crié un hijo. No he hecho nada.
Mi vida es negación.
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