viernes, 24 de diciembre de 2010

noche buena...espero.

A Luis y a mi abuelito, el gran pez.


Las fiestas decembrinas eran mis favoritas cuando niña. Nada disfrutaba más que ver a mis tías, mis primas, mis papás y mi hermana sentandos alrededor de una mesa llena de comida. Sentía la alegría viva en el corazón; abrir los regalos, comer ensalada de manzana, bailar pisando al resto de mi familia eran las experencias más gratas del año. Era en Navidad cuando mi familia y yo acumulábamos las anécdotas más contadas del año. Podría decir sin equivocarme, que por entonces conocía bien la felicidad. Ni siquiera podría identificarme con esa retórica de la hipocresía que invade estas fechas: yo siempre estuve rodeada de la gente que sí quería y me quería.
Con los años, sin embargo, se van perdiendo cosas como se pierde la primera juventud. Tras los primeros muertos propiamente nuestros (mis abuelos, mi tío), nos llegó a todos una sensación de que algo se había roto. Pese a seguir juntos los que quedábamos, pese a amarnos tan profundamente como antes, pese a seguir tan unidos como siempre- e incluso más-, había ya un hueco en nuestras vidas. Era evidente cuando dejamos de repartirnos la Navidad y el Año Nuevo entre la familia de mi mamá y la de mi papá; cuando brindábamos y ya no estaba mi abuelo, cuando cenábamos sin sus risas, sin sus historias, sin sus regaños. Se sentía en el aire porque estaba en nuestro corazón: ya vivía con nosotros una tristeza infinita.
Por supuesto, cada uno sintió la muerte de manera diferente. Sin minimizarla, he de confesar que mi abuela me dolió sobre todo a través de mi papá. Muerta unos días antes de noche buena, apenas si lo dejó con fuerzas para sentarse en el sillón y permanecer inmóvil. Mi abuelo, papá de mi mamá, fue distinto pues se trataba de la familia con la que crecí. A él lo extrañaba porque lo conocía, porque lo veía diario, porque tuvo la generosidad de amarme como su propia sangre.
Mi tío es asunto aparte. Aún siendo niña, su muerte no la entendí. Nunca, ni hoy que soy adulto, me he atrevido a juzgar sus acciones, acaso porque aún hoy lo único que tengo son preguntas que nadie jamás supo responder. Recuerdo que siendo niña, mi mamá intentó explicarme lo que había pasado. Tú tío se murió. Pero yo no entendía. Cómo que se murió. Todo era un mar de dudas. Se suicidó. Gente y más gente, todos hablaban. Pero si el sábado vamos a ir al parque... Llanto. Para mi mamá era inexplicable,para mí incomprensible. Fue quizá esa nuestra muerte más devastadora.
Hoy las fiestas decembrinas han perdido significado para mí. Jamás entendí la Navidad como la celebración a la vida de Cristo. Mi familia raya en lo pagano. La entendía, más bien, como el día del año en el que usábamos ropa bonita y nos reuníamos todos. Ni siquiera eran los regalos mi primera imagen; de niña mi familia vivía apenas con lo justo. Era algo mucho más íntimo y personal: estábamos todos convocados en esa mesa. Mis primas, mi hermana y yo esperábamos ansiosas que mi otro tío, ausente prácticamente todo el año, llegara de pronto y nos sorprendiera a todos con su presencia. Cuando eso pasaba la casa era vida absoluta.
Como dije, eso se ha ido perdiendo. Hoy no tenemos siquiera garantizado el estar juntos: las familias se fueron distanciando, la expectativa se fue perdiendo, nuevos hogares demandan nuevos horarios, nuevos espacios. Perdimos algo irrecuperable.
Supongo que es natural sentir nostalgia por un momento feliz. Además, diciembre es perfecto para justificar mi depresión. Sin embargo, pese a que nuestra familia se ha separado mucho más que nuestras casas, lo cierto es que sigo agradeciendo que estén aquí, en la Tierra; que sigan teniendo sus pasos y su voz; no es forzoso que estén cerca, pero es imprescindible que estén.

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